Luis Fernando Crespo publica ‘Orar y contemplar en Cuaresma'

'Orar y contemplar en Cuaresma. Ecce homo', Luis Fernando Crespo, PPC

 

Nuevo libro para orar cada día de Cuaresma y Semana Santa

 

LUCE LÓPEZ-BARALT.- El autor de ‘Orar y contemplar en Cuarema. Ecce homo” nos convoca a una estremecida plegaria colectiva en su nuevo vademécum contemplativo, esta vez para la Cuaresma. Hay mucho de lectio divina en las viñetas en las que, abandonando su torrente de emociones a un libre fluir de conciencia, reflexiona de manera personalísima diversos epígrafes bíblicos. Las palabras giran centelleantes y son de una desnudez tal que casi nos avergüenza irrumpir en ellas con nuestra lectura. El marianista entrevera sus susurros confesionales a Dios de los versos sacros de Lope de Vega y fray Luis, pero, sobre todo, de los deliquios místicos de san Juan de la Cruz. No dudo en afirmar que de allí surge, inesperada, irrestañable, la más auténtica poesía; hay largas tiradas de versos que evocan la afasia verbal de George Herbert:

“Soledad, silencio, renuncia,

austeridad, compañía,

el sonido del universo, plenitud,

tu riqueza incomparable...” (p. 18)

Pero es san Juan quien mejor sustenta la inspiración de Luis Fernando:

“Llama de amor vivo.

Ahora. Consumido.

Estela de tu luz.

De amor herido”. (p. 14)

“…líbrame siempre de mí mismo, Señor,

hazme silencio de flores y esmeraldas”. (p. 28)

“…Señor, a zaga de tu huella,

sedienta de alcanzar la cueva del amado,

en púrpura tendido,

de esmaltes engarzado...”. (p. 52)

Como si no se atreviera a ejercer por sí solo de poeta, se hace acompañar de otras voces autorizadas, pero sospecho que algún día no muy lejano escucharemos los versos desnudos de Luis Fernando Crespo.

He dicho que el marianista no ora solo: su plegaria dinámica es una ciencia muy sabrosa que dialoga, libérrima, con imá- genes, poemas y epígrafes cómplices. El conjunto inusitado sacude al lector porque lo persuade de una gran verdad: para un alma transparente, todo ora en el universo. Los poetas convocados a esta intensa plegaria fraterna –Vicente Gallego, Emily Dickinson, Juan Ramón Jiménez, Keats, Ángel Darío Carrero, entre otros– se tornan sagrados cuando nuestro autor, con sabia mano de Midas, los sumerge en su libro de oración.

Otro tanto las imágenes que acompañan su prosa poética: a veces, le completan su plegaria, o bien se la potencian, o bien nos dictan su propia historia. Estamos ante un inesperado koan que obliga al lector a bucear dentro de sí para encontrar su propia luz espiritual en medio del estallido de formas que constituye el libro. Una imagen, ya se sabe, vale más que mil palabras.

Un botón de muestra basta para entender la riqueza del recurso contemplativo: Luis Fernando ora en desnudez espiritual, y las imágenes de desnudos que adjunta afirman lo dicho. A menudo se trata de estatuas antiguas –incluso, orientales– que nos persuaden de que estamos ante una misma plegaria inmemorial. La desnudez deviene sagrada: queda “solo tu Palabra hecha carne”. En otra ocasión, el autor acompaña el epígrafe de Is 1,10; 16-20 (“aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve”), con la gráfica de un personaje cirquense vestido de escarlata; como si nos dijera que su pecado, por estridente que sea, también será sanado. En otro momento el epígrafe Sabiduría 2,12- 22 (“lleva una vida distinta de los demás”) queda ilustrado con un humilde acordeonista, que lleva el inesperado título sanjuanístico: “pájaro solitario”. Hasta los deambulantes son poesía y nos devuelven a Dios. De otra parte, el “tu est Petrus” fundacional se encarna en un humilde artesano –de seguro, de nuestra América amarga– que ofrece la delicada artesanía de una catedral tallada. Luis Fernando nos advierte con su koan que la Iglesia de Cristo es la Iglesia de los pobres. En otro momento, meditando sobre la tentación de Jesús en el desierto (Mc 1,12-15), el autor ofrece otra imagen gráfica desconcertante: un joven cabizbajo parecería mirar un paisaje tropical desde lo alto de una terraza. El título –”En el alero del templo”– nos convoca a otra lección generosa: cualquier lugar se erige en un templo para el alma despojada de todo en el desierto del mundo. Recordé una anécdota en la que preguntan a un contemplativo si no acudía al templo. A lo que terció sabiamente: “Es que siempre estoy en el templo”.

Este curioso libro cuaresmal no se centra en el Cristo sangrante y flagelado, sino en lo que de veras significa el Ecce homo. En la viñeta que lleva dicho título (p. 21), la imagen gráfica “Hijo de Dios” presenta un deambulante en cuclillas. Cristo es el pobre, el anciano, el destituido, el niño vulnerable, la mulata desolada que espera frente a un bar…, todos nuestros hermanos desvalidos que muestran su imagen lacerada como un grito silente frente al olvido. En este devocionario de hondísima cuaresma interior, Cristo es el Dios hermano. Suprema lección la de Luis Fernando: todos somos ecce homo.

El autor cierra su libro con dos imágenes: la anunciación a María, que nos evoca su aquiescencia total a la voluntad divina –“hágase en mí según tu palabra”–, junto a una antigua tabla de escritura con la pluma de ave y el tintero. Es como si el autor nos confesara calladamente que ha cumplido con la voluntad de Dios al ejercer su alta vocación de escritor.

Saludo la libertad espiritual de esta escritura encendida del poeta gráfico que es Luis Fernando Crespo y quedo a la espera de su próximo devocionario contemplativo.

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