Una ecología integral

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Una ecología integral

DIEGO TOLSADA.- El número 16 de la carta encíclica Laudato si’ del papa Francisco habla, como uno de los ejes transversales de todo el documento, de que “en el mundo de hoy todo está conectado”. A muchos de nosotros “ecología” nos puede sonar básicamente a cuidado del medio ambiente, de los océanos, las reservas naturales, la deforestación, el clima… es decir, a eso que llamamos “naturaleza”.

Vamos tomando conciencia de que cuidar la tierra es hoy algo muy importante, algo necesario y urgente. Curiosamente, los que no lo consideran así, incluidos algunos gobiernos muy poderosos, son los que, aunque tienen los mayores medios para cuidar el planeta y al mismo tiempo la mayor responsabilidad en su deterioro, no quieren renunciar a los beneficios que obtienen de su explotación salvaje.

Sin querer hacer sombra a esta dimensión más “natural”, una de las cosas que más me han sorprendido y gustado de la encíclica es la ampliación que el Papa hace del concepto de ecología. Si el término significa, etimológicamente, “sabiduría de cómo llevar la casa”, no resulta extraño que, siguiendo la inspiración de su mentor Francisco el de Asís, ya en el artículo 1 hable de “nuestra casa común” fraternal; o que en el ya citado artículo 16 señale como otros ejes transversales la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, la dimensión humana de la ecología y la grave responsabilidad de la política internacional en el tema. Incluso, la propuesta de un nuevo estilo de vida. Es una visión de la ecología enormemente amplia.

En esta línea me preguntaba si podemos considerar que este mundo nuestro está siendo casa común fraternal para los miles de refugiados que están a las puertas de Europa; si la vieja y supuestamente cristiana Europa tiene voluntad de ser para ellos casa de acogida alternativa a la casa que han tenido que abandonar, o si nos bastaría seguir afirmando las palabras escalofriantes encontradas en una reciente lectura: éticamente, nos bastaría con “incrementar nuestro acopio de cuanto hay de bueno en este mundo y tratar de compartirlo con quienes más nos importan, esto es, nuestra familia y amigos”, porque no hay por qué “hacer más extensivos esos beneficios” (E. G. Moore). Es una alternativa ante la que estamos realmente, aunque no nos atrevamos a expresar la segunda opción con tanta claridad y dureza.

No es esa la mirada ni la propuesta del Papa. Por eso, no se ha quedado tampoco en un concepto corto o puramente “naturalista” de ecología, sino que habla de una “ecología integral” (todo el capítulo IV), que incluye, junto a la dimensión ambiental, otras dimensiones más nuevas: necesitamos una ecología económica, social y cultural, que nos ofrezca, bajo el gran paraguas del bien común, unas condiciones de vida que nos permitan a todos vivir en el planeta a la altura de la dignidad de seres humanos.

Tal vez nos pueda ayudar a ello ir potenciando una cultura de la acogida, tal como la que propone monseñor Agrelo en su nuevo libro 'Emigrante: el color de la esperanza' (PPC, 2015).

 

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