Una catequista de 85 años ante el Papa

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Una catequista de 85 años ante el Papa

HERMINIO OTERO.- El pasado 7 de julio, uno de los testimonios ante el papa Francisco en Quito (Ecuador) fue el de Imelda, una campesina con trenzas, sombrero y falda, adornada con cintas y encajes blancos y verdes, representante del pueblo Montubio. Eso no es todo: Imelda… tiene 85 años y es, además, catequista. Sus primeras palabras fueron:

“Querido Papa Francisco, soy Imelda Caicedo Vega, tengo 85 años de edad y colaboro como catequista desde hace 60 años”.

El público y el Papa le aplaudieron… Y ella continuó leyendo pausadamente su mensaje, que podemos entender como el testimonio de sus 60 años como catequista y el mensaje de una catequista para todos los catequistas. Véase lo que dice y apliquémoslo a lo que puede ser y hacer un catequista en la Iglesia y en la sociedad:

  • Hablar al corazón con sencillez: “La noticia de su visita –le dice al Papa– nos llenó de mucha alegría, porque vemos en Su Santidad al enviado del Señor y nos habla al corazón con la sencillez que lo caracteriza, usa nuestra lengua y las expresiones del pueblo…”.
  • Enseñar a amar a Dios desde los pobres: “Cuando nos enseña a amar a Dios y a confiar en su misericordia, sentimos la presencia del padre bueno que educa con paciencia y humildad, sabemos que los pobres y necesitados estamos en sus oraciones, en sus discursos, en sus acciones”.
  • Responder a la llamada a la evangelización y hacer Iglesia en salida: “Papa Francisco, el pueblo Montubio quiere responder a la llamada a la evangelización y hacer Iglesia en salida desde nuestra experiencia del trabajo del campo y en contacto con la naturaleza, contemplando la belleza de la creación, guiados por las palabras de nuestros pastores y sostenidos por los sacramentos de la Iglesia”.
  • Ser misioneros y anunciar el Evangelio con alegría: “Queremos ser también misioneros, vivir y anunciar el Evangelio con alegría, como lo hicieron Santa Narcisa de Jesús Martillo y la Beata Mercedes de Jesús Molina, hijas del pueblo Montubio, orgullo de nuestra raza. Ellas descubrieron el amor de Dios en los quehaceres de la vida campesina y decidieron consagrarse al servicio de los niños pobres, de las familias en dificultad y en las misiones; con Santa Narcisa queremos decir, como expresión de nuestra fe y compromiso misionero: Tú vas conmigo, Jesús; yo voy contigo, Señor”.
  • Trabajar, educar y evangelizar desde la familia: “Abrimos de par en par las puertas de nuestros hogares para que la luz de Cristo ilumine la situación familiar, a veces marcados por la violencia, el machismo, la falta de medios para la educación, la explotación laboral y el poco conocimiento de la fe”.
  • Tener devoción a María, misionera del pueblo: “Durante muchos años, cuando no teníamos sacerdotes, la fe católica se mantuvo en nuestro pueblo gracias a la devoción a la Virgen María, por eso le decimos que Ella es la gran misionera del pueblo Montubio”.
  • Tomar parte activa en la vida de la Iglesia y en la sociedad para ser protagonistas: “Queremos tomar parte activa en la vida de la Iglesia y en la sociedad, estamos convencidos de que un buen cristiano tiene que ser protagonista de grandes cambios, pues las transformaciones sociales se harán realidad si todos asumimos nuestras responsabilidades y nos guiamos por los criterios de Cristo que siempre nos habla del amor, del perdón, la fraternidad, la generosidad. Solo así sabremos afrontar a aquellos que quieren manipularnos y utilizan a los pobres para implantar proyectos e ideologías perversas que van contra la vida y la familia, que destruyen al hombre y le arrebatan su dignidad”.
  • Orar por la Iglesia y por las intenciones del Papa para llegar a las periferias: “Santo Padre –termina Imelda–, cuente con la cercanía y la oración de nuestro pueblo, nos responsabilizamos a rezar a la Virgen de la Merced, patrona del litoral ecuatoriano, por el bien de su misión apostólica y para que su mensaje llegue a las periferias y a los que sufren por el egoísmo y las injusticias”.

El Papa, visiblemente conmovido, sonrió, se levantó de la silla y la abrazó.

Y en ese abrazo podemos considerarnos abrazados todos los catequistas.

El testimonio de Imelda se puede escuchar y ver entero aquí.

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Comentarios (1)

Me encanta este abrazo. Porque es un abrazo a tantas catequistas que han dado su tiempo, mucho de sus vidas, su cariño a los niños. Y su cara relfleja la alegría de verdad!

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