Las personas y las cosas

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Las personas y las cosas

PEDRO BARRADO.- El filósofo Heleno Saña, español aunque afincado en Alemania desde hace muchos años, acaba de publicar en PPC el libro 'La ideología del éxito'. Con mucha sensibilidad, la obra reflexiona sobre algunos aspectos de la sociedad actual, en la que el éxito –especialmente en su traducción social y económica– prima sobre las personas. Para ilustrar este “éxito”, en la cubierta del libro aparece la famosa ‘Victoria de Samotracia’, una escultura que se halla en el Museo del Louvre, en París. La talla representa a la diosa griega Niké, diosa de la victoria, que se posa sobre la proa de un navío, ya que la escultura celebra, según parece, las victorias sobre Antíoco III el Grande (siglos III-II a. C.). Pero, literalmente, la diosa alada ha perdido la cabeza, lo cual la convierte en una poderosa imagen de esa sociedad que pone a las cosas por encima de las personas.

También Jesús criticó algunos valores que estructuraban la sociedad de su tiempo, precisamente aquellos que ponían a las personas por debajo de otras consideraciones. Así, en los evangelios se atribuye a Jesús una de esas frases que han hecho fortuna y que constituyen casi un programa de vida (no sabemos que Jesús tuviera estudios de marketing, pero lo cierto es que le salió un eslogan digno de la mejor agencia de publicidad): “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). No conviene olvidar que el sábado era una de las instituciones más importantes del judaísmo, puesto que, en el fondo, significaba adaptar el ritmo de la vida humana al de Dios, poniéndole a él como centro.

Sin embargo, no es infrecuente que lo que empiezan siendo valiosas intuiciones acaben esclerotizadas en normas deshumanizantes o simplemente absurdas. Porque una cosa es hacer del sábado un día dedicado a Dios y otra fijarse casi exclusivamente en las cosas que está prohibido hacer ese día (el Talmud enumera las 39 tareas que no se pueden hacer en sábado).

El sábado ponía a Dios en el centro de la vida, y eso, curiosamente, tenía como efecto la humanización de la propia vida. Es lo que vemos en la doble justificación del sábado, si atendemos a los dos pasajes en que aparece: Ex 20 y Dt 5. En la versión del Decálogo del libro del Éxodo, el sábado ha de ser guardado para imitar a Dios, que trabajó seis días y descansó el séptimo. En la versión del Deuteronomio, en cambio, el sábado ha de ser observado porque “fuiste esclavo en la tierra de Egipto” (5,15), es decir, para procurar una vida digna –que incluye el descanso del trabajo– para todos, también para los esclavos y los emigrantes, y hasta para los animales de la casa.

La expresión de Jesús sobre el sábado apunta a recuperar el sentido original de la institución sabática, justamente el que la constituía en garantía de humanidad precisamente por la centralidad divina. Esto no puede extrañar, puesto que el Dios de Jesús –Abbá– se sitúa en una de las más puras tradiciones bíblicas: la de un Dios creador y fomentador de la vida (creación) y la libertad (Éxodo), un Dios que se preocupa por los más pobres e indigentes (profetas), un Dios “amigo de la vida” (Sab 11,25), un Dios que –en lenguaje del cuatro evangelista– envió a su Hijo para que tuviéramos vida, y vida abundante (Jn 10,10).

 

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