La catequesis callejera del obispo Manuel González

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HERMINIO OTERO.- El próximo 16 de octubre será canonizado el obispo Manuel González (Sevilla, 1877–Palencia, 1940), el cura sevillano al que todos conocían como el obispo de los sagrarios abandonados, por el objetivo que persiguió en su vida: dar conocer a Jesucristo en el sacramento de la eucaristía. Hizo más: realizó una importante labor social en los lugares donde estuvo evangelizando (Huelva como cura y arcipreste, Málaga y Palencia como obispo) y tenía pasión por la catequesis, que contagiaba siempre con gracia y humor sevillanos.

Fue obispo de Málaga desde 1915 hasta 1935, aunque, desde el 11 de mayo de 1931, cuando una masa de gente quemó el palacio episcopal, rigió la diócesis durante seis meses desde Gibraltar (donde se refugió para que no hicieran daño a ninguna familia que le acogiera), y más tarde desde Madrid, hasta que fue nombrado obispo de Palencia en 1935.

Ese mismo año aparece uno de sus libros: ‘La gracia en la educación o el Arte de educar con gracia’ (Madrid, 1935). Recordamos algunos párrafos, no tanto los centrados en una “catequesis graciosa” (desde la gracia y con gracia), sino en lo que podríamos llamar catequesis callejera.

Dice así el obispo Manuel González:

"El curso pasado, cuando los seminaristas teólogos fundaron el catecismo de San Felipe, el lleno era espantoso; durante los tres primeros domingos la iglesia rebosaba materialmente de niños. Ya se pensaba en no sé cuántas divisiones y grupos: sección de primeras oraciones, de mandamientos, de preparación a la primera comunión, de adultos, de perseverancia..., y hasta de ciegos, porque también concurrían cuatro de ellos.

En los recreos del seminario se proponían métodos de enseñanza, se discutían planes y se estudiaban libros y revistas de catequesis; no se pensaba en otra cosa que en medios de fomentar el catecismo ya fundado: lo veíamos ya perfectamente organizado y siempre nos lo imaginábamos con un sinnúmero de niños, pero... ¡oh decepción!, al cuarto domingo la asistencia había disminuido considerablemente y con gran pena vimos venir a tierra los proyectos forjados en nuestro seminario contentándonos con hacer la división más adaptada a la triste realidad: al domingo siguiente la concurrencia no llegó a cinco niños… ¿Y qué hacer entonces? ¿Cruzarnos de brazos?

Un procedimiento muy sencillo, a la vez que muy práctico, vino a sacarnos de apuros; consistía en hacer dos grupos de los catequistas: catequistas de la iglesia y catequistas de la calle. Los primeros habían de cuidar de la enseñanza del catecismo a los niños que les fueran llevando los segundos, quienes, divididos en grupos de tres, recorrían todas las calles de la parroquia, hablando a los niños que se encontraban en ellas.

A los que consentían ir al catecismo los llevaban de la mano a la iglesia, y a los que preferían quedarse jugando, allí mismo, en plena calle, les daban el catecismo. Naturalmente por lo insólito del caso iban agrupándose poco a poco niños y personas de edad y todos recibían la lección del catecismo callejero. Eso se fue repitiendo todos los domingos, y ya basta que den un paseo por las principales calles de la parroquia para que los niños, al distinguirlos por su beca roja, les digan a sus mamás que les laven la cara y les vistan el babi limpio para ir al catecismo.

Otros se levantan de donde estaban jugando y corren a pedirles permiso a sus padres; otros, en fin, ya preparados, en cuanto nos ven, se van derechos al catecismo; ya no los tenemos que llevar de la mano. Nos dicen que tardamos mucho tiempo en llegar a la iglesia, naturalmente tenemos que recorrer otras calles, y se marchan solos para llegar así más pronto a la iglesia en donde los espera el otro grupo de catequistas. Nuestra misión de catequistas callejeros está concretada a buscar niños que no asisten al catecismo.

Este ha sido el procedimiento que ha conservado el número de los niños del catecismo".

El lenguaje (lección de catecismo…) y la realidad (ambiente, niños jugando, lavar la cara…) son de hace casi un siglo, en que había mucha pobreza, una ignorancia supina… y no existían las redes sociales ni la televisión. Pero la pasión por la catequesis y la creatividad y osadía que se nota en los catequistas (vestidos con un distintivo especial: “beca roja”) pueden ser muy actuales. ¿Y no resuena aquí lo que el papa Francisco habla de Iglesia en salida? “Catequistas callejeros”, ¡qué genialidad!

 

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