Jonás o la misericordia divina

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Jonás o la misericordia divina

PEDRO BARRADO.- Hace un tiempo, PPC publicaba la obra 'Entrañas de misericordia. Jesús, ternura de Dios', de Pedro Fraile, con motivo del Año de la misericordia en el que ya estamos inmersos. En esta obra, el autor dedicaba un apartado al profeta Jonás.

Parece evidente que, si se quiere abordar el tema de la misericordia de Dios, un personaje que no puede faltar es justamente el de Jonás. Y precisamente porque el tema de ese libro bíblico es el de la misericordia divina, aunque contemplado como en negativo en el rostro del famoso profeta tragado por la “ballena” (aunque no haya ballena alguna en el relato). De hecho, el apartado del libro de Pedro Fraile lleva por título: “Jonás: la resistencia a la misericordia”.

Hace años, el P. José Alonso publicó una monografía sobre Jonás cuyo título era una espléndida síntesis del libro bíblico: ‘Jonás, el profeta recalcitrante’ (Madrid, Taurus, 1963). Y es que, en efecto, Jonás representa a alguien que está en las antípodas de lo que se espera de un profeta. Por definición, un profeta es alguien obediente a la Palabra de Dios, aunque esta acabe costándole enormes disgustos (como le ocurre a Jeremías). Jonás no es así.

Desde el principio del libro, Jonás trata de huir de la tarea que el Señor le encomienda, que es dirigirse a Nínive para “hablar contra ella”, pues los crímenes de la capital asiria han llegado hasta Dios. Sin embargo, Jonás trata de huir exactamente al extremo opuesto de Nínive: a Tarsis (que algunos identifican con algún lugar de España: ¿Tartesos?).

Es muy probable que se esté pensando en que la palabra del profeta es eficaz, hasta el punto de que, si Jonás predica en Nínive la conversión de su mala conducta, la ciudad cambie. De hecho, cuando Jonás anuncia en Nínive su final si no hay conversión, y la ciudad efectivamente se convierte (un día, de los tres que costaba atravesarla, le basta al profeta para conseguir su conversión), y consiguientemente el Señor la perdona, la reacción de Jonás es absolutamente elocuente: “¿No lo decía yo, Señor, cuando estaba en mi tierra? Por eso intenté escapar a Tarsis, pues bien sé que eres un Dios bondadoso, compasivo, paciente y misericordioso, que te arrepientes del mal” (Jon 4,2).

Aquí tenemos una de las claves del libro bíblico, si no la clave principal: lo que le molesta a Jonás es que Dios sea capaz de perdonar incluso a uno de los emblemas de la persecución a Israel. (Nínive fue, por ejemplo, la capital del rey asirio Senaquerib, que cercó Jerusalén en el año 701; y contra Nínive hablaron también los profetas Nahún y Sofonías.)

Los atributos que Jonás reconoce en Dios en el texto que acabamos de citar coinciden básicamente con aquellos con los que el Señor es descrito en el famoso texto de Ex 34,6: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. Todo un compendio de notas que esbozan el rostro del Dios misericordioso del Antiguo Testamento (o al menos de alguna de sus tradiciones).

El último versículo del libro de Jonás resulta también significativo al respecto: “¿No me he de compadecer yo de Nínive, la gran ciudad –dice el Señor–, donde hay más de ciento veinte mil personas, que no distinguen la derecha de la izquierda, y muchísimos animales?” (4,11).

Tan misericordioso es Dios que hasta se compadece de los animales…

 

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