Francisco y la misericordia en el Sínodo: “No las ideas, sino el hombre”

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MARÍA GÓMEZ, redactora de Vida Nueva.- El Sínodo sobre la Familia celebrado del 4 al 25 de octubre de 2015 puede ser recordado por tres momentos principales: el primero, tristemente, la polémica a cuenta de la carta de los 13 cardenales cuestionando la metodología del encuentro (y que no deja de ser la punta de iceberg de la oposición interna a las reformas del papa Francisco); el segundo, la conmemoración del 50º aniversario de la institución del Sínodo y el llamamiento: “Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha”; y el último, el discurso con el que Francisco cerró los trabajos sinodales. Me ocupo de este último por ser la intervención más destacada del Papa en esta XIV Asamblea General Ordinaria.

Después de tres semanas de filigranas lingüísticas del tipo: “Se advierte la necesidad de subrayar que la Iglesia tiene una mirada positiva sobre la sexualidad, expresión de tensión sinfónica entre eros y ágape”, leída entre las conclusiones de los grupos de trabajo, el texto de Francisco es un auténtico soplo de aire fresco, por más manida que esté la expresión. Pero es que reconfortan y se agradecen frases tan claras y tan sinceras como estas:

“¿Qué significará para la Iglesia concluir este Sínodo dedicado a la familia? (…) Seguramente no significa que se hayan encontrado soluciones exhaustivas a todas las dificultades y dudas que desafían y amenazan a la familia, sino que se han puesto dichas dificultades y dudas a la luz de la fe, se han examinado atentamente, se han afrontado sin miedo y sin esconder la cabeza bajo tierra. (…) Significa haber dado prueba de la vivacidad de la Iglesia católica, que no tiene miedo de sacudir las conciencias anestesiadas o de ensuciarse las manos discutiendo animadamente y con franqueza sobre la familia”.

Lenguaje aterrizado, valiente, honesto... y sanador

Así es el lenguaje de Francisco: aterrizado, valiente, honesto. Duro y firme si tiene que poner al descubierto a “corazones cerrados” que “a menudo se esconden incluso dentro de las enseñanzas de la Iglesia o detrás de las buenas intenciones”, para sentarse y “juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas”. Pero siempre misericordioso. Y sanador: “La Iglesia es Iglesia de los pobres de espíritu y de los pecadores en busca de perdón, y no solo de los justos y de los santos. (…) El primer deber de la Iglesia no es distribuir condenas o anatemas, sino proclamar la misericordia de Dios, llamar a la conversión y conducir a todos los hombres a la salvación del Señor”.

¿Cabe esperar una revolución? ¿Que la Iglesia acepte la unión entre dos personas del mismo sexo o que aplauda a una pareja que se divorcia? No. El Papa tampoco lo pretende, por más que así quieran interpretarlo sus críticos. Cuando se empezó a elaborar el mensaje conclusivo, ya se nos advirtió que no iba a contentar a nadie: ni a los que creen que la ‘revolución Francisco’ está tardando, ni a los que se parapetan detrás de un muro doctrinal que les protege y les aleja del mundo.

Guardo la esperanza de que un posterior documento papal apunte no a rupturas en lo doctrinal, pero sí avances en la acogida a esas “familias heridas”; que la Iglesia se ponga realmente a la escucha en los duros y abundantes momentos de prueba, que no todo es tan perfecto o tan sencillo como describían algunos de los 17 matrimonios que han participado en la Asamblea. Que hay mucho más que infidelidades o falta de compromiso: abandono, maltrato, desigualdad, faltas de respeto, dudas, malentendidos…

Y por encima todo, ansío que en esos “corazones cerrados” calen poco a poco la forma y el fondo de Francisco: “Los verdaderos defensores de la doctrina no son los que defienden la letra, sino el espíritu; no las ideas, sino el hombre; no las fórmulas, sino la gratuidad del amor de Dios y de su perdón”.

Empaparnos todos de ese estilo será señal de que hemos entendido –y vivimos– la alegría del Evangelio.

 

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