Dar de comer al hambriento

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Dar de comer al hambriento

PAULA DEPALMA.- Nos hemos referido a la radicalidad y excentricidad que comportan las obras de misericordia. Comentamos ahora algunas preguntas que nos plantea la primera obra de misericordia corporal: dar de comer al hambriento.

Como indica Mons. Víctor Manuel Fernández, muchos nos podríamos preguntar: “¿De qué me sirve dar?”. Hoy no consideramos útil realizar esfuerzos que no nos aportan nada. ¿Para qué, entonces, poner en práctica esta obra de misericordia?

El papa Francisco, en La alegría del Evangelio, ofrece algunas claves en términos de justicia, de cooperación y de solidaridad:

“La Iglesia, guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder a él con todas sus fuerzas” [153]. En este marco se comprende el pedido de Jesús a sus discípulos: “¡Dadles vosotros de comer!” (Mc 6,37), lo cual implica tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres, como los gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos. La palabra “solidaridad” está un poco desgastada y a veces se la interpreta mal, pero es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad. Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. (Papa Francisco, EG 188).

Abrir los ojos a los sufrientes y escuchar el clamor por la justicia es un paso preciso para generar una nueva mentalidad, contraria a la del descarte de recursos pero también de personas. Es un primer paso para concientizarnos sobre las causas estructurales de la pobreza y entrar en algún dinamismo de cooperación para promover el desarrollo de las personas, aunque solo se trate de gestos simples y cotidianos.

Un gesto sencillo de generosidad con quien lo necesita puede ser un primer paso hacia un camino de cercanía que nos permita apreciar lo que realmente les pasa a los que sufren pobreza.

“Solo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe” (Documento de Aparecida 398).

Poner en práctica esta obra de misericordia sirve. Sirve para entrar en el dinamismo compasivo del Evangelio y para ir conformando con pequeños gestos una comunidad eclesial cada vez más “amiga” de los que sufren.

Y ciertamente para hacer de la austeridad solidaria y de la cooperación una fuente de alegría según el Evangelio.

 

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