Alegría y misericordia: bueno, bonito y barato

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DIEGO TOLSADA, SM.- "¿No lo véis? Algo nuevo está naciendo...", decía el viejo Isaías hace ya un montón de siglos. En la intención de sus autores, este blog nace con voluntad de acompañar humildemente lo mucho nuevo que está surgiendo en torno nuestro, no solo pero sí especialmente en la vida de la comunidad cristiana.

A san Juan Bautista se le representa señalando al único "Cordero" capaz de eliminar el mal de nuestras vidas y abrirlas y llevarlas a su plenitud (lo que ya podría ser una forma, entre otras posibles, de hacer nueva la vieja expresión: "que quita el pecado del mundo"). Necesitamos "dedos" que señalen el bien, que nos hagan caer en la cuenta de tantas cosas buenas como van ocurriendo, aunque suelen ser siempre menos llamativas y más ocultas que las negativas. Y cuantos más dedos haya que señalen de este modo, mejor.

Una de las buenas cosas que se está señalando es la primavera que ha puesto en marcha Francisco. Desdichadamente, fue un tópico tener que hablar durante años del invierno eclesial del posconcilio. Ha bastado, aunque no sea suficiente, el viento cálido de las palabras, los gestos y sobre todo el estilo de Francisco, para que comience el deshielo, para que las mimosas vuelvan a florecer en un mes tan temprano y difícil como febrero, tal como ha subrayado Garmilla.

Y si el Papa lleva un tiempo (ya dos años) "primavereando" la atmósfera, parece decidido a no dejar de hacerlo. Ahora nos sorprende con la convocatoria del primer año jubilar de su pontificado. Y el jubileo lo centra en torno a la misericordia. Da la impresión de que las dos palabras que van definiendo su aventura son alegría y misericordia. Su primer gran documento nos invitaba a redescubrir el potencial de alegría que encierra el Evangelio de Jesús y ofrecerlo a todos. Ahora, la breve bula de convocatoria del jubileo habla con acentos muy intensos y emotivos de la misericordia, de la que dice sin reparo alguno que es el centro del Evangelio.

Dos actitudes, dos valores básicos que pueden situar a todo seguidor de Jesús en una actitud distinta a la de estos últimos años. El Evangelio no es para encerrarlo en una Iglesia autorreferencial, centrada en sí misma y sus problemas, por grandes que puedan parecer (su identidad ortodoxa, la pureza de la verdad, su preocupación por las vocaciones, su pastoral entendida como un esfuerzo por hacer entrar en ella a los neopaganos de nuestro mundo...). Cuando la Iglesia emprende ese camino, termina encerrándose ella misma en un gueto, que nada tiene de atractivo para el mundo en el que vivimos. Deja de ser significativa y no le interesa a casi nadie.

Tal vez sea en esta actitud donde esté la raíz más honda de la evidente crisis en la que desembocó al final (¿de modo inevitable?) la línea emprendida en los últimos pontificados. En este sentido, y en otros muchos, no puede dejarse de leer el libro de Jesús Martínez Gordo, 'La conversión del papado y la reforma de la curia vaticana' (PPC, 2014).

El Evangelio es "salida" de sí mismo, mirada amplia y bondadosa sobre el amplio mundo que compartimos con miles de millones de seres humanos, hermanos nuestros. Y si nos sentimos felices de haber encontrado a Jesús, nuestra mirada solo puede ser, como la suya, una mirada llena de misericordia y solidaridad sobre nuestra realidad. Es un talante nuevo, de apertura y de cercanía, en el que importa más estar con y compartir lo que hay, especialmente el sufrimiento, que intentar traer a nuestra casa al personal.

Tal vez la Iglesia tenga que esforzarse más por vivir la verdad en la caridad que la caridad en la verdad. Suena casi igual, pero el talante es muy distinto.

Este cambio de aires, es el que ha percibido el cardenal Kasper en su magnífica obra 'El papa Francisco', de revelador subtítulo: 'Revolución de la ternura y el amor. Raíces teológicas y perspectivas pastorales' (Sal Terrae, 2015). ¿Hay algo más revolucionario, más gratuito, más fecundo y más eternamente nuevo, más bueno, bonito y barato que el amor y la ternura cuando se las pone como fundamento de la vida?

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