A propósito del amor y la familia

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A propósito del amor y la familia

PEDRO BARRADO.– Prácticamente coincidiendo en el tiempo –se han llevado cuatro días de diferencia–, han visto la luz la exhortación postsinodal del papa Francisco ‘Amoris laetitia’ (“la alegría del amor”), sobre el amor en la familia, y un libro patrocinado por el movimiento Encuentro Matrimonial con motivo del cuadragésimo aniversario de su fundación, ‘Vivir en relación y no morir en el intento. Claves para la vida en pareja’ (PPC). Tanto la exhortación pontificia como el libro de Encuentro Matrimonial –naturalmente cada uno a su manera y desde su propia situación– presentan los aspectos positivos y las diversas dificultades por las que atraviesan tanto el matrimonio como la familia.

Como es lógico, en el caso del documento papal se dedica todo un capítulo, el primero, a la familia “a la luz de la Palabra” (nn. 8-30). En él se habla de “imágenes [que] reflejan la cultura de una sociedad antigua” (n. 14). En efecto, como cualquier otra institución humana, el matrimonio y la familia están fuertemente marcados en la Biblia –tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo– por una cultura de estilo patriarcal y con unas relaciones en su seno absolutamente desiguales. De hecho, en el n. 156 de la exhortación, Francisco apela a una lectura “cultural” del “código doméstico” de Ef 5 para poder interpretar adecuadamente el texto bíblico.

Precisamente, una lectura “cultural” –encarnada– de la familia ayudará a entender la postura de Jesús –justamente contracultural– ante la suya propia; una postura que incluso hoy sigue siendo en ocasiones motivo de escándalo. El papa Francisco habla en Amoris laetitia de una separación familiar exigida y necesaria para “cumplir con su propia entrega al Reino de Dios” (n. 18); por eso algunos han hablado de un conflicto de fidelidades a propósito de la “familia de sangre” y la “familia de Dios”. En todo caso, y en cualquier situación, sigue siendo “emblema de sus discípulos [de Cristo] sobre todo la ley del amor y del don de sí a los demás” (n. 27).

No es infrecuente oír la expresión “familia cristiana”. El papa Francisco la emplea de hecho tres veces en Amoris laetitia. En mi opinión, y aunque parezca una perogrullada, solo es familia cristiana aquella formada por cristianos, es decir, una familia en la que sus miembros –sea cual sea su papel o su lugar en ella– se nutran de los valores del Evangelio y se comporten conforme a ellos. Por ejemplo los que aparecen en Col 3,12-17: “Así pues, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta. Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo. Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él”.

Querer introducir otros valores sociales, por legítimos o importantes que sean o hayan sido en la historia, y hacer ver que son ellos los que caracterizan genuinamente a la “familia cristiana” me parece que es hacerle un flaco favor a esa institución que se dice defender.

 

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